amor propio

No fue por falta de amor, fue por amor propio

Hace poco decidí terminar con una chica que, sinceramente, era increíble.
No solo era atractiva, sino inteligente, muy buena para los negocios y, lo más raro y mejor de todo… le gustaban las motos.
Hago una pausa aquí porque en mi vida nunca había conocido a una mujer que de verdad las disfrutara.
Había conocido algunas que las toleraban y otras que las odiaban, pero ¿que las amaran? Ella fue la primera.

Entonces, si era tan especial… ¿por qué dejarla ir?

Por una sencilla razón, aunque tenía muchas cosas buenas, no estaba segura de querer estar conmigo.
Sí, es verdad que al principio ella invirtió mucho en mí, me dio atención, cariño y sobre todo tiempo de calidad…
Pero algo cambió.
Empecé a notar que cada vez había más excusas para vernos, hice varios intentos forzados por vernos “aunque sea un ratito”, incluso el hablar con ella se sentía ya diferente, distante.

Intenté comprender, negociar, poner una solución ya que entiendo un poco sus motivos sin lograr nada. Y ahí fue donde tomé una decisión. No por enojo. No por orgullo. Lo hice por mí.

Porque aceptar ese “poquito” de atención, ese esfuerzo a medias, era decirle a mi subconsciente que es normal que la gente no se esfuerce por mí, que la gente me trate un poco mal, que alguien no me elija con claridad. Y si me quedaba ahí, mañana aceptaría un poco menos… y luego menos… hasta que un día, sin darme cuenta, estaría con gente que me trate mal por completo.

No, no fue fácil. Pero aprendí que cuando eliges amor propio, a veces también tienes que soltar lo que más te gusta. No porque no valga la pena… sino porque tú también la vales.