Martin Ageo Home Page

Decidí ser feliz

Durante mucho tiempo pensé que ya había superado mis traumas.
Los había arrastrado por años —como piedras atadas al alma—, pero creí haberlos dejado atrás. Pensé que todo lo que me dolía ya era parte del pasado. Hasta que, hace unas semanas, la vida me demostró lo contrario.

Mi historia no es distinta a la de muchos, pero sí es profundamente mía.
Desde niño enfrenté situaciones que dejaron huellas: bullying constante, días sin comida, el divorcio de mis padres, maltrato familiar. Fueron años oscuros, en los que solo la fuerza y el amor de mi madre me dieron motivos para seguir.
Con el tiempo, creí que había sanado. Me enfoqué en crecer, en aprender, en ser alguien mejor.

Pero llegó la pandemia.
Perdí mi empleo justo después de haber adquirido un crédito hipotecario. Como acto de responsabilidad —o quizá de desesperación— usé casi todos mis ahorros para amortizarlo. Fue entonces cuando empecé a trabajar en proyectos personales. Aposté todo por ellos… pero no dieron frutos. No aún.

El tiempo pasó, los resultados no llegaron, y una sensación de frustración comenzó a invadir todo: mi trabajo godín, mis amistades, mis relaciones. Hasta el ejercicio, que siempre me daba paz, dejó de hacerme sentir bien.
Me desconecté. Dejé de disfrutar la vida.

Pensé que solo era una mala racha. Pero en el fondo, mi niño interior seguía herido.
Fue hasta que pedí ayuda, verdadera ayuda, que empecé a ver una luz.
Había ido a terapia antes, sin éxito. Esta vez fue distinto. El psicólogo no me dio respuestas mágicas, pero me entregó una herramienta que cambió mi vida:
Hablarme a mí mismo en tercera persona, como si consolara al niño que un día fui (recordando algún momento doloroso de mi niñez)

Puede sonar ridículo, sí. Pero fue profundamente curativo.
Cerrar los ojos, viajar a ese momento donde me sentí solo y asustado… y decirme:
«No estás solo. Ya no más. Estoy contigo. Juntos lograremos cualquier cosa!»
Esa simple frase abrió una grieta por donde empezó a entrar la luz.

No estoy completamente curado. Y tal vez nunca lo esté.
Pero hoy me siento más libre que nunca.